Después de que mi sobrina me bautizara como ‘Musication’ allá por julio, no se me ocurrió mejor título que la canción de Alphaville de 1984, Big in Japan, para escribir los posts sobre un sueño cumplido: conocer Japón.

He tenido que organizar —especialmente por los nombres— la información que aparece más arriba para redactar la aventura que comenzó el 11 de agosto de 2015 y que me llevó a conocer uno de los lugares más fascinantes en los que haya estado jamás. Todo en el viaje fue alucinante: los vuelos, el destino, la comida, la gente que conocí… Una experiencia que no olvidaré nunca. Por supuesto, estos posts no tienen en absoluto la intención de ser una guía de viaje, sino simplemente de reflejar mi experiencia en aquel país.
El vuelo de ida

El viaje comenzó de una manera excepcional. No está bien alardear de ello, pero hay que contar que, además de volar en uno de los espectaculares A-380 de la compañía Emirates, tuvimos la enorme suerte de que nos hicieran un upgrade, es decir, que nos pasaran de clase turista (economy class) a ¡Business!
Desde ese momento, se ha convertido en mi aerolínea favorita. ¡Menudo trato! La experiencia fue fabulosa. La clase Business está situada en la segunda planta del avión y, a las comodidades típicas, hay que añadir el exquisito trato de la tripulación y un confort digno de un hotel de cinco estrellas, con bar incluido.
Creo que durante las siete horas que duró el vuelo Madrid-Dubai pude comer como dos kilos (no exagero) de anacardos y ver tres películas enteras. El segundo vuelo, el que nos llevaba de Dubái a Osaka —más largo— fue en clase turista y en un Boeing 777 bastante más estrecho. Allí comprobamos que, salvo el lujo, la compañía mantiene en economy class el mismo trato exquisito y la misma oferta audiovisual, muy amplia, que en las clases superiores.

La escala en Dubái me sirvió para confirmar que todo lo que me comentaban sobre su aeropuerto —un auténtico crisol de nacionalidades y razas— era cierto. ¡Si hasta hay una serie dedicada a su funcionamiento! Abierto las 24 horas, algo poco habitual, me quedé asombrado de la capacidad de los árabes para crear un hub internacional de primer nivel (vuelan a todos los rincones del mundo) en mitad del desierto. Cuando llegamos, a la una de la madrugada hora local, el aeropuerto parecía la Puerta del Sol en Navidad. Increíble.
Osaka, 11 de agosto de 2015
Una guía —ya os hablaré de Reiko— nos esperaba allí, y en el autobús que nos llevaba al hotel nos enseñó dos cosas: dónde sacar y cambiar dinero, y las palabras que nos abrirían todas las puertas…


De la tercera ciudad de Japón comentaba la nefasta guía (la de papel) que llevábamos que lo más destacable era su vida, su energía y —por lo menos en eso— no se equivocaba. Yo estaba tan ilusionado que, a pesar de las 20 horas de viaje, ni lo dudé un momento: tras dejar las maletas, nos fuimos a recorrer sus calles. Eran las siete de la tarde y lo primero fue conocer los alrededores del Hotel Rihga Royal, en Kita-ku, para buscar un sitio donde cenar.
Fue poner un pie en la calle y descubrí algo que sería la tónica general durante el viaje: el asfixiante calor húmedo que sufre el país en verano. Se te mete en el cuerpo y no se te va hasta que lo abandonas. Pero, ¿iba a impedir el calor cumplir un sueño? La fortuna quiso que, en el paseo, encontráramos encantadoras callejuelas con las típicas tabernas japonesas, pequeñitas y llenas de habitantes locales.

No nos atrevimos a entrar en ninguna taberna por ese miedo —que pronto perderíamos— a comunicarnos. Hay muchos japoneses que hablan inglés, pero son muchos más los que no lo hablan, y nos asustó no encontrar ningún lugar con las cartas en otro idioma que no fuera japonés. Finalmente, cenamos como cualquier japonés en un restaurante funcional en el que, si bien no se hablaba nada de inglés, la comida se servía tras entregar un tique que proporcionaba una máquina. Tardamos como cinco minutos en averiguar cómo funcionaba, pero cuando lo descubrimos, cenamos bastante bien la típica comida japonesa. ¡Cómo me gusta probar cosas nuevas!

Bueno, no es difícil, ¿no? Pollo frito algo agridulce, soja, tofu, arroz y sopa, acompañado todo por una muy fría cerveza que me supo a gloria.
Como cenamos pronto, decidimos hacerle caso a la guía y, puesto que íbamos a estar menos de 24 horas, fuimos a conocer un imprescindible: el área comercial de Dotonbori. Para ello, tuvimos otra experiencia magnífica: montar en metro. Una cosa buena que tiene el japonés es que, al estar transcrito en caracteres latinos, suena (casi siempre) como se escribe. Es decir, Dotonbori suena exactamente como está escrito: D-O-T-O-N-B-O-R-I. Eso facilita mucho las cosas al turista extranjero que desconoce el idioma. Aun así, nos perdimos, pero… ¿no es una gozada perderse a veces?


Perdidos y todo, supimos llegar a nuestro destino, y por fin vi ese Japón lleno de luz y tecnología, futurista y a la vez tradicional, que había idealizado. Creo que no se me borró la sonrisa en ningún momento de una tarde realmente apasionante. Sin ningún gran monumento, solo vida urbana.



Todo en tres horas, tras las cuales acabamos realmente agotados, después de casi dos días sin dormir. Fue llegar al hotel y cerrar los ojos automáticamente. Nos esperaban unos días maravillosos por delante.
Lección del día: ¡Qué amables son los japoneses! Como he comentado, nos perdimos, y no puedo más que agradecer al hombre que chapurreaba español y que nos acompañó hasta las taquillas del metro para ayudarnos a volver al hotel. Finalmente, tomamos el único taxi de todo el viaje.
