LAS ZAPATILLAS DE MAXI

Tan encantado estaba con Bilbao que me hubiese quedado los cuatro días allí, pero resultaba imperdonable viajar al norte e irme sin conocer algunos de esos imprescindibles que aún no había visitado en esa parte de España. Así que, tristemente abandonada la rivera de la ría, tomamos camino hacia…

San Juan de Gaztelugatxe

Pero, antes de nada, os enseño el tiempo que había previsto para ese día. Como veis, al norte nubes y algo de lluvia. Este era el mapa para el viernes 22 de noviembre de 2019.

Solo he visto el primer capítulo de la serie Juego de Tronos. Lo vi el día de su estreno hace muchos años, antes de que la serie se convirtiese en un fenómeno de una envergadura tal que no me ha hecho falta verla para conocer a sus principales actores. San Juan de Gaztelugatxe fue el escenario para algunas de sus escenas y, habiéndolo visitado, no me extraña en absoluto que quienes buscaban exteriores para la serie, eligieran esta joya de la costa de Vizcaya.

Ambos productos audiovisuales han puesto en el foco a un paraje extraordinario y un lugar que hay que cuidar por lo que, ante la fiebre producida, la Diputación Foral ha tenido a bien limitar el aforo estableciendo entrada en las siguientes fechas: Semana Santa, todos los fines de semana o festivos desde 23 de marzo hasta el 9 de junio,  el 1 de Mayo, todos los días entre la segunda quincena de junio y el 30 de septiembre, fines de semana de octubre, noviembre y diciembre, puentes de noviembre y diciembre y durante las Navidades (del 26 de diciembre al 6 de enero)…eso deja al margen un anodino viernes de noviembre (con mal tiempo) en el que, además de no pagar nada, disfrutamos de la experiencia prácticamente en soledad.

Es un lugar ciertamente fascinante que recomiendo visitar entre semana para hacerlo en tranquilidad y sin apreturas. El camino que va desde el portal de entrada hasta el templo que corona el lugar no es durísimo, pero no es apto para todos los públicos, conviene estar algo en forma e ir con calzado adecuado pues nos tocará bajar rampas, subirlas, caminos de tierra en subida y bajada y un vía crucis con 241 peldaños y sus respectivas catorce paradas.

Desde el puente de piedra que une el continente con el islote, vemos una increíble subida que parece más dura de lo que realmente termina siendo. Al llegar a la ermita podemos celebrar con unas campanadas nuestra llegada y volver a bajar con cuidado (cuesta, increíblemente, mucho más bajar que subir).

Otras 300.000 fotos hice. Me quedé entusiasmado (algo que no es nuevo) con el lugar. Muy recomendable, haced caso a quienes ya seguro que os lo han comentado: es una maravilla.

En la entrada a este entorno natural hay un restaurante que sirve para reponer fuerzas al volver. Sobre el Eneperi hay diversidad de opiniones: hay quienes lo alaban como un excelente restaurante y hay quienes lo detestan. Me quedo con las opiniones positivas, aunque sólo tomé un cervezón (adiós a las calorías quemadas en el ejercicio de subir y bajar) y un pintxo que me supieron a gloria.

Como habéis visto en el mapita, el final de trayecto era Mundaka, donde paramos para comer. Se trata de un pueblo con mucho encanto, como todos los de la zona, que es muy apreciado por quienes practican el surf por la conocida como Ola de Mundaka.

En estos días finales del otoño la localidad, de menos de 2000 habitantes, es un remanso de paz. Comimos un decente menú del día cerca del puerto (¡Viva al hacer turismo entre semana!) y saqué una de esas fotos para las que me da rabia no tener una buena cámara. ¿No es fantástica la composición con una casa de ventanas rojas, otra verde y dos barcas, una azul y otra amarilla? Quise que me quedase perfecta para ilustrar este post y con una cámara decente (y no la de un móvil) hubiese quedado mucho mejor.

Los 134 kilómetros, sobre todo en su parte central, que separan Mundaka de Santander son para tener los ojos bien abiertos. Una carretera especialmente bonita la A8, justo lo que se merece la ciudad que sería mi destino los dos próximos días.

Santander

Es increíble en la cantidad de sitios del mundo a los que he tenido la suerte de ir y que no conociera Santander (como hasta hace 8 años no había pisado Salamanca). Un punto negro (negrísimo) al que tenia que poner solución más pronto que tarde. Con el hotel en el Sardinero, nada más llegar hicimos el camino que va de allí hasta Puerto Chico, cerca del centro de la ciudad.

¿Mi primera impresión? Pues que pocas veces he conocido una playa tan elegante. Sus edificios señoriales, sus hoteles como con alcurnia, sus calles cuidadas y el aire años 20 de su paseo me hacen difícil imaginarla como un lugar de playa con colchonetas, toallas en los balcones o gente sin camiseta por la calle. No la he conocido en verano, no sé como es, pero me figuro que no será muy distinta a lo que es llegando el invierno, eso sí, con más gente. Corríjanme, por favor, si me equivoco, escribo desde la impresión y no desde la experiencia.

El paseo es muy recomendable, el Cantábrico furioso por un temporal es un espectáculo digno de ver y el interior, con palacetes y edificios de alto nivel no tiene desperdicio. Todo el paseo, sus bancos, sus vallas y su adoquinado me lleva a otros años, como si hubiese partes que se mantuvieran congeladas desde las primeras décadas del siglo XX.

Cuando abandonamos la costa nos adentramos en las calles del centro que siendo viernes por la tarde eran un hervidero. En eso que me topo con una librería y, claro, tengo que entrar. Hay tres librerías Gil en Santander y yo me fui a encontrar con una Mafalda gigante en lo alto de la que hay en la calle Hernán Cortés. Como podrán suponer los lectores de este blog no solamente entré, sino que además piqué con el libro que abriría el suplemento del literario del El País (Babelia) al día siguiente: El Club de Lectura de David Bowie.

Saco algo bueno de todos los lugares que venden libros. La librería me gustó mucho, la atención es impecable y se nota que está en permanente, como ya hacen muchas, movimiento con presentaciones y eventos. Igual que hago con otras, ya la sigo en todas mis redes. Algo a lo que siempre seré fiel es a los libros, pero irremediablemente infiel a las librerías: me gustan todas.

La plaza del Cañadío la he incluido ya en la carpeta de otras imprescindibles plazas de España que son importantes no por su belleza, aunque la tengan, sino por sus cañas. El Salvador en Sevilla, Dos de Mayo u Olavide en Madrid, El Topete o el Mentidero en Cádiz o la recientemente visitada Plaza Nueva de Bilbao, comparten con el Cañadío un espíritu lúdico y de buen rollo altamente contagioso. Sería un lugar habitual las 48 horas pasadas en la capital cántabra y me llevo de allí grandes momentos del viaje.

Hay un lugar famoso en la zona que me recomendaron todos los que sabían que iba a visitar la ciudad, La Conveniente. Mantiene intacto el espíritu de una bodega de principios del siglo pasado, no admite reserva, y en la que se pueden degustar, con una excelente relación calidad precio, unas deliciosas tapas y raciones. Recomiendo al visitante poco instruido la elección de medias raciones pues éstas son los suficientemente grandes para satisfacer a dos personas de buen comer. A partir de las nueve un pianista ameniza el local que se pone hasta la bandera hacia las 22.00, por lo que recomiendo ir pronto.

Volviendo al Cañadío, nos metimos en uno de los bares, cualquiera puede valer, que a esas horas de la noche estaba especialmente tranquilo. Lo que escuche allí, pop español de los años 90 mientras se veían en pantallas gigantes escenas de skaters, compone la lista de reproducción que cerrará el post de hoy. El bar era Blues y, por lo menos a esa hora temprana de la noche, resultó un sitio de lo más aceptable hasta que la música cambió, hacia variedades latinas que actualmente causan furor.

No quiero terminar sin reseñar el Little Bobby Speakeasy, un bar que parece un museo dedicado al Chicago de los años 20 y a la época más dura de la ley seca. Merece la pena entrar y tomarse algo para contemplar una de las barras de bar más impresionantes que he visto nunca. Desde luego es la más bonita: un mueble de más de 100 años reconvertido en un aparador gigante donde las botellas brillan y otorgan a local una sofisticada iluminación. Muy recomendable.

El día fue muy largo, caminatas, subidas y bajadas, así que la fabulosa noche Santanderina acabó pronto a la espera de un sábado que, también, sería fantástico.

Mañana más (ya veis que no miento y mantengo el ritmo)

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