LAS ZAPATILLAS DE MAXI

Describir una experiencia teatral con unas semanas de diferencia no suele ser sencillo. El día que lo ves te quedas con las impresiones que te han causado dos horas sentado en una butaca y luego, al pasar el tiempo, las vas asimilando hasta que terminan por diluirse en un par de ideas concretas y generales de lo que habías visto. El impacto que me produjo la que vi el domingo 2 de febrero de 2020 sigue intacto. Pasan los días y sigo pensando en una de las obras de teatro más impresionable (lo he escrito bien) que he visto en mi vida.

Prostitución

Albert Boronat y Andrés Lima
Dirigida por Andrés Lima
Sobre textos y testimonios de Virginie Despentés, Amelia Tiganus, Juan Cavestany, Ana María, Isabela, Lucía, Alexia, Alicia y la Sra. Rius.

No es una obra de teatro convencional, a veces es un monólogo, otras un musical y siempre un documento vivo de un drama social que nos concierne a todos. No soy experto en el tema, pero tengo una posición muy clara sobre la prostitución y sobre la desprotección que sufren quienes la practican, algo que considero mucho más importante que el dilema moral del acto en sí. Tres mujeres se ponen en el papel de otras muchas ofreciendo datos demoledores y terribles experiencias que suceden más cerca de lo que nosotros de podamos creer.

La fuerza de los testimonios me hizo soltar alguna lágrima incluso en los momentos en que el humor (¿qué sería la vida sin él?) entra en escena. Todos los puntos de vista posible se tocan, la prostitución es vista desde todos los ángulos y se exponen todas las ideas que son comunes: que si algunas los practican por gusto, que si no es tan grave, que si quién es realmente la víctima, que si algunas se buscan ellas solitas la violación…y cosas igual de terribles. Una pregunta al aire de una de las protagonistas resuelve una primera cuestión ¿Qué niña contesta “quiero ser puta” cuando le preguntan que quiere ser de mayor?

Querría felicitar a los autores por no haberse casado con nadie. Hay leches para todo el mundo, no dejan títere con cabeza constatando que la víctimas además de serlo por lo que hacen, lo son por el instrumento en que se convierten en manos de los poderes fácticos, que las usan a su antojo para justificar unas decisiones u otras. Dejan clarísimo una cosa: en este tema fallamos todos.

Habréis notado que en la parte superior (ficha técnica) no indicaba nada de las tres mujeres que interpretan la obra. Me impresionó tanto su trabajo que tengo que dedicarle un pequeño apartado a cada una de ellas.

Carmen Machi

Es LA actriz española. Lo mismo vale para comedia que para drama, que para cine, televisión o teatro y ya es una de las más queridas y respetadas por el público. Se metió a España en el bolsillo con su inolvidable Aída y no ha parado de crecer. Era la tercera vez que la veía en teatro y siempre consigue ponerme los pelos de punta. Un talento enorme, un carisma brutal y solo hay que ver todos sus registros para darse cuenta lo gran actriz que es.

Nathalie Poza

Solo conocía su trabajo por alguna película o serie de televisión y, como todos los que la hemos visto, he alucinado con ella. A su papel le toca recordarnos las cifras horrendas de esta lacra y a ella le debo mis primeras lágrimas. Quiero ver que hay mucho suyo en los personajes que va interpretando, la pasión con la que defiende sus argumentos no es impostada y suena tan real que no parece que esté interpretando. En cada una de sus diferentes encarnaciones, me olvidaba de la actriz y solo veía al personaje. Tiene tablas y se nota, muchas ganas de volver a verla haciendo humor: está igual de bien enfadada con el mundo que risueña y vivaracha. En breve estrena la película Invisibles, no me la perderé.

Carolina Yuste

La más joven de las tres, ganó el premio Goya por la estupenda Carmen y Lola en 2018, fue la sorpresa mayúscula de la tarde. Ya conocía a Machi y había oído hablar mucho de Poza, pero para mí, Carolina era tan sólo Paqui, la tabla de salvación de las chicas de aquella fabulosa película. Nos dejó con la boca abierta. Luego he visto que había hecho más teatro y también más cine, pero su juventud chocaba con las tablas que demuestra, un arrojo que la pone a la misma altura de sus dos magníficas compañeras de reparto a priori mucho más experimentadas.  ¡Y canta muy bien!

Sería injusto no mencionar a Laia Vallés, que además de amenizar con su piano la obra, participa de una manera muy curiosa en la misma, aportando el primer punto de vista de la otra prostitución, la masculina.

Un reparto femenino de campanillas para una obra tan necesaria que debiera emitirse en televisión y hasta tener funciones escolares, ahora que tanto se habla del pin parental, para concienciar a la gente de lo que significa la prostitución, algo que va mucho más allá de la famosa palabra de cuatro letras.

Con todas las localidades vendidas para todas las representaciones, es de esas obras que merecería estar en cartel mucho más tiempo y llegar a mucho más público. Nadie quedaría indiferente. Acaba el próximo 23 de febrero y, desgraciadamente, no queda ni una entrada.

Gracias por leerme
¡Qué viva el Teatro!

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